jueves, 13 de marzo de 2014

Medicina del alma

Hoy hablé con María (aunque real,  un nombre imaginario), una compañera que se jubiló por enfermedad, había estado con ella la última vez  antes de Navidad y la noté bastante bien, parecía que se estaba recuperando  y lo que es más importante; sus ilusiones y esperanzas se iban afianzando. Sin embargo hoy,  me he dado cuenta que otra vez el signo de su vida ha puesto la flecha para abajo.

—Cómo te va María,
—Pues mira, bastante mal, —me contestó.
—Pero si la última vez que te vi te encontré muy recuperada.
—Bueno, no sé si estoy peor de la enfermedad,  pero estoy muy            hundida, —me dijo.
—María, el tratamiento me dijiste que había resultado.
—Sí, el tratamiento, las máquinas; eso no lo cura todo.

Así seguimos hablando largo rato, de su queja se deducía siempre lo mismo: me quitan el dolor corporal pero hay otro, a veces tan intenso o más duro que aquel, y que no se cura con pastillas. Apenas me duele físicamente nada porque tengo droga para calmar todo, pero me atormenta  todo mi ser, no encuentro sentido a nada, además me encuentro tan sola. De momento me dejó un poco desconcertado pero ahora comprendo muy bien su situación.

Muchos inventos, muchos adelantos, pero resulta que las personas no somos robots,  y que la amistad, el amor, la comprensión, no se venden en píldoras. Sí es cierto, muchas veces nos empeñamos en que el médico y la medicina de turno nos van a curar todo pero no es así. Un acompañar en la desdicha, la comprensión,  la demostración de amor,  puede ser tan necesario como cualquier tratamiento físico y curar, más dolor que aquel.

Pues nada con cariño a María y dedicado a ella quiero exponer esta pequeña experiencia  para  ver si nos damos cuenta que los comprimidos para el alma, la medicina de la esperanza, más que en los médicos, puede  estar  en nuestras  manos y debiéramos saber administrarla.



No hay comentarios:

Publicar un comentario